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La CEOE otorga a un mendigo madrileño el premio Espíritu Crítico 2002
El galardón reconoce toda una vida dedicada a la «sumisión empresarial»
MIGUEL HERNÁNDEZ | Madrid
Medianilla perdió su empleo de auxiliar administrativo en Seat hace dos meses, justo diez años después de que el Gobierno decidiera privatizar la empresa «para hacerla más competitiva», según comentó por aquel entonces el titular socialista de la cartera de Economía. «La situación era insostenible», comenta Medianilla, «La empresa ganaba dinero, pero los directivos aseguraban, con razón, que las nóminas eran una sangría para la empresa. El EBITDA rechinaba». La lógica aplastante de este hombre sencillo hace reflexionar a todos los que tienen la oportunidad de conversar con él. «No nos engañemos», dice el indigente, «El objetivo de una empresa es conseguir beneficios. Sólo así puede mantenerse la riqueza y la variedad del ecosistema económico».
Galardones
«Ningún reconocimiento hace perder a Medianilla esa humildad que sólo atesoran los grandes», asegura Jaime López-Centenera y Pi, antiguo jefe de Medianilla en Seat, desde su residencia actual en un lujoso barrio de Los Angeles. López-Centenera conoce bien a su antiguo subordinado. Él mismo lo contrató, él mismo lo despidió y él mismo huyó con los beneficios obtenidos por la salida a Bolsa del fondo de pensiones de la compañía. «Cuando dijimos que llevaríamos a Bolsa las pensiones, los sindicatos se echaron las manos a la cabeza», afirma el millonario financiero, «pero Medianilla estuvo a la altura de las circunstancias». El auxiliar administrativo, siguiendo las instrucciones de su jefe, consiguió reventar el comité de empresa y hacer entender a sus compañeros que los nuevos tiempos requieren nuevas soluciones, y ninguna de ellas pasaba por la unión de los trabajadores. Todo un ejemplo de sobriedad y buen tino, como los hechos demostraron después, cuando la plantilla terminó en la calle.
Un hombre del siglo XXI
Al conocer la situación que actualmente atraviesa Medianilla, Fernández Tapias se muestra desolado. Pero el presidente de la Cámara reacciona rápido y descuelga el teléfono, para dar instrucciones precisas a su secretaria. El milagro está a punto de suceder. Media hora después, unos vigilentes jurados desalojan a Medianilla de su precario hogar. El caos provocado por las porras y los perros no impide al indigente pensar con frialdad y comprender la decisión de Fefé. «Es lógico», asegura Medianilla, «No pueden permitir que los mendigos se cuelen así como así en el primer sitio que vean. No es competitivo». Medianilla se aleja renqueante por la ribera de un río contaminado, decidido a morir bajo cualquier neumático abandonado. «Las cosas son así. El sistema es así. El mercado es así», susurra el indigente.
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